Qué era un parlamento
En el Chile colonial la guerra de Arauco no se resolvió solo peleando. Desde el siglo XVII, españoles y mapuches se reunían cada cierto tiempo en parlamentos: encuentros enormes, con cientos de asistentes, discursos largos, intérpretes, regalos y comida para varios días.
No eran rendiciones. Eran negociaciones entre dos partes que se reconocían como tales, y lo que se acordaba ahí regulaba la paz, el comercio y el paso por los territorios.

Diciembre de 1756, a orillas del Laja
El gobernador Manuel de Amat y Junyent llevaba apenas un año en el cargo cuando convocó a un parlamento general en el Salto del Laja. La reunión se realizó en diciembre de 1756; las fuentes la sitúan entre el día 13 y la Navidad.
Asistieron autoridades españolas, criollos, misioneros franciscanos y, sobre todo, los jefes pehuenches, el pueblo de la cordillera. El lugar no era casual: el Salto estaba en plena Isla de la Laja, la franja de frontera donde unos y otros convivían.

Lo que cada uno quería
Amat tenía un plan ambicioso: abrir un camino terrestre permanente entre Concepción y Chiloé. Para eso había que cruzar tierras de muchas comunidades, y nada de eso era posible sin acuerdos. Pensaba enviar dos expediciones al mismo tiempo, una desde cada extremo, que irían levantando información geográfica por el camino.
Los pehuenches también tenían sus razones. Estaban en guerra con sus vecinos huilliches y llanistas, y una alianza con los españoles les convenía. En el parlamento sellaron ese entendimiento y aceptaron la entrada de misioneros franciscanos a sus tierras.
No todo quedó amarrado. Varios caciques comprometieron su palabra, pero el propio gobernador se fue con dudas sobre cuánto se iba a cumplir.
Lo que dejó
La consecuencia más visible está en el mapa. Ese mismo 1756 Amat levantó un fuerte al sur del Biobío y lo llamó Santa Bárbara, en honor a la reina Bárbara de Braganza. El 4 de julio de 1758 lo convirtió oficialmente en villa. Santa Bárbara cuenta su historia desde ese parlamento.
También partieron las misiones en la cordillera. Las encabezó fray Pedro Ángel de Espiñeira, franciscano del Colegio de Propaganda Fide de Chillán, que años después llegó a ser obispo de Concepción. De ese impulso salió además la decisión de poblar Antuco.
La paz con los pueblos cordilleranos duró, con un quiebre entre 1769 y 1771. Amat no estaba ya para verlo: en 1761 partió a Lima como virrey del Perú, el cargo más alto de Sudamérica.
La cascada, en un informe para el rey
Bajo el gobierno de Amat se preparó para la Corona una descripción completa de Chile, su geografía y su gente, fechada en 1760, ya con Carlos III en el trono. Entre ríos, puertos y distancias, el texto se detiene en el Salto del Laja.
Dice que el ruido es tanto que a tres o cuatro cuadras no se puede conversar sino en voz alta, que más lejos todavía moja la lluvia de niebla si el viento sopla en contra, y que desde muy lejos se divisa «a manera de columna de humo», con el arcoíris dibujado en ella. Han pasado más de 260 años y la descripción sigue siendo exacta.
Fuentes: Mario Orellana, «Historia y antropología de la Isla de la Laja»; Memoria Chilena, ficha de fray Pedro Ángel de Espiñeira; «Historia geográfica e hidrográfica del Reino de Chile» (1760); estudios sobre las misiones franciscanas entre los pehuenches.