Todo empezó con un volcán
El Salto del Laja no lo hizo el río solo. Lo empezó el volcán Antuco, que está a más de ochenta kilómetros, allá arriba en la cordillera.
Al final de la última glaciación, hace entre diez y trece mil años según la fuente que se consulte, el Antuco tuvo una de las erupciones más violentas de su historia. Una avalancha de ceniza, gas y roca ardiente bajó por el valle. Los geólogos llaman a esto flujo piroclástico, y no es algo de lo que se pueda escapar corriendo: avanzan a cientos de kilómetros por hora.
Cuando todo se enfrió, el valle quedó cubierto por una capa de roca durísima, de varios metros de espesor, como si alguien hubiera vaciado cemento sobre el paisaje. Esa capa es la pared oscura que hoy se ve cortada a pique junto a la cascada.
El resto lo hizo la paciencia. El río Laja, que nace en la Laguna del Laja a los pies del mismo volcán, lleva miles de años gastando esa roca. Antes de llegar al borde se divide en dos brazos, y de ahí salen los cuatro saltos: el principal, de 35 metros, y otros tres de entre 25 y 30.
Un río con otro nombre
Cuando llegaron los españoles, el Laja se llamaba Nivequetén. La tradición local dice que el nombre aludía a medir a brazadas, aunque su significado exacto se ha perdido.
A todo el territorio encerrado entre el río Itata por el norte y el Duqueco por el sur lo bautizaron Isla de la Laja. No era una isla de verdad: le decían así porque estaba rodeada de ríos por todos lados. El Salto queda justo en el corazón de esa «isla».
Según el historiador Mario Orellana, Pedro de Valdivia pasó por aquí a fines de 1549, en su viaje de exploración hacia el sur. Tuvo que resolver el mismo problema que cualquier viajero de la época: por dónde cruzar. Orellana cree que lo hizo aguas arriba de las cascadas, antes de que el río se divida, donde el agua corre baja y lenta. Hoy en ese sector hay campings.
La frontera pasaba por aquí
Durante más de dos siglos esta fue tierra de frontera. Los españoles ocuparon la Isla de la Laja lentamente, y a medida que avanzaban se encontraban con los pueblos que bajaban de la cordillera y con los que venían de los llanos al sur del Biobío.
Para vigilar los pasos del río se levantaron fortines. En tiempos del gobernador Ángel de Peredo, en la década de 1660, se construyó una «casa fuerte» en el sector del Salto, en la ribera norte. No queda nada de ella a la vista.
1756: un tratado de paz junto a la cascada
En diciembre de 1756 el Salto del Laja fue, por unos días, el centro político del reino. El gobernador Manuel de Amat y Junyent convocó aquí a los jefes pehuenches y mapuches a un parlamento general, una de esas grandes reuniones donde ambas partes negociaban la paz cara a cara.
El acuerdo dio a la zona una paz bastante estable, con una sola interrupción entre 1769 y 1771, y de él nacieron pueblos que existen hasta hoy, como Santa Bárbara.
De ese tiempo viene también una de las descripciones más antiguas de la cascada. El informe sobre Chile que se preparó para la Corona bajo el gobierno de Amat cuenta que el ruido era tal que a tres o cuatro cuadras había que conversar a gritos, y que la niebla se veía desde lejos «a manera de columna de humo», con su arcoíris incluido. Cualquiera que haya estado ahí en invierno puede dar fe.
La historia completa del Parlamento de 1756 →

En tren a ver el Salto
Mucho antes de la carretera, el Salto del Laja ya era un destino famoso. A comienzos del siglo XX se le nombraba junto a las Termas de Chillán entre los paseos más conocidos de Chile.
La forma cómoda de llegar era el tren nocturno desde Santiago hasta Yumbel, que arribaba a las 6:30 de la mañana. Las guías de viaje daban un consejo práctico: encargar el almuerzo en el Salto con 24 horas de anticipación, porque la demanda era mucha.
El registro en movimiento más antiguo que se conoce es una filmación de 1920: muestra a un hombre de manta y chupalla bajando por la orilla del río hasta los pies de la cascada.

¿Ha cambiado la cascada?
La roca, casi nada. Es tan dura que el agua tarda siglos en moverla, así que el contorno de la caída es prácticamente el mismo que fotografiaron hace cien años.
Lo que sí cambió es todo lo demás. Las fotos antiguas muestran más agua en pleno verano y orillas casi peladas, sin los árboles de hoy. Por eso en esa época se podían ver las dos cascadas principales desde un mismo punto, algo que ahora la vegetación no permite.
Y cambió la gente que posa delante. En las fotos que los propios visitantes nos han compartido aparecen familias de 1959, de 1973, de los años 80, siempre en el mismo lugar y con la misma cara de asombro.



El Salto del Laja en fotos, de 1916 a 1980












Fuentes: Mario Orellana, «Historia y antropología de la Isla de la Laja»; «Historia geográfica e hidrográfica del Reino de Chile» (1760), preparada bajo el gobierno de Amat; estudios geológicos sobre el volcán Antuco y el valle del Laja; fotografías compartidas por visitantes y coleccionistas con Salto del Laja Tur.